¿Cómo no dejarse contagiar por la emoción que transmite todo el entorno mundialista? Es difícil explicar por qué, a pesar de todos sus defectos, seguimos emocionándonos cuando un niño improvisa un arco de fútbol con dos piedras en la calle.
Por Cristian Aristizábal.
En esta época mundialera, se nos convence de que el fútbol es lo más importante entre las cosas que suelen ser «mero» ocio. La organización del Mundial de Fútbol 2026 así lo demuestra: tres países organizan el evento, los patrocinadores baten récords de ingresos, las redes sociales se llenan de banderas y millones de personas alteran sus horarios para seguir un partido. Paralelamente, resurgen las mismas críticas de siempre: el despilfarro económico, la mercantilización del deporte, las condiciones laborales detrás de la infraestructura, las apuestas deportivas, la corrupción dentro de los equipos y el inmenso negocio que gira alrededor de la pelota más codiciada del mundo. Críticas que son completamente válidas y que, incluso algunas, se quedan cortas.
Desde este panorama, existe una tentación intelectual de mirar el fútbol con desprecio. Acudiendo a la vieja expresión romana «pan y circo», a este deporte se le acusa de ser una máquina diseñada para distraer colectivamente a la humanidad de los problemas más urgentes. Los 90 minutos de juego hacen que las desigualdades, las crisis climáticas, los conflictos sociales y las guerras territoriales se suspendan: resulta más importante discutir un fuera de lugar, una alineación o la jugada milagro que nunca se dio.
Esta es una de las miradas que caen sobre el fútbol, pero el problema nunca ha sido «el circo». Sería ingenuo pensar que el deporte profesional no está atravesado por la corrupción, pues en la cotidianidad se muestran dirigentes enriquecidos, sobornos para conseguir sedes deportivas, intereses comerciales por encima de los aficionados, calendarios diseñados para maximizar ingresos televisivos y jugadores convertidos en activos financieros antes que en deportistas. Esta industria mueve dinerales y, como ocurre con casi cualquier industria de semejante tamaño, el dinero termina condicionando decisiones que deberían responder únicamente al deporte. Pero el problema no es el fútbol en sí mismo, sino el uso que se le da a ese espectáculo.
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Sin embargo, reducirlo a la dimensión económica sería tan simplista como juzgar la literatura únicamente por las ventas y promociones editoriales, o el cine exclusivamente por las filas en las taquillas. Y aquí aparece la otra mirada.
Eduardo Galeano, escritor uruguayo y apasionado por el fútbol, en su libro El fútbol a sol y sombra, critica cómo este deporte ha sido secuestrado por la industria del espectáculo, donde el placer por el juego es desplazado por la rutinaria mercantilización. Desde sus escritos, enjuició esta postura consumista, pero nunca dejó de amar este deporte. Su punto de vista no partía desde una actitud moralista que atacaba desde el desprecio, sino desde la del enamorado que lamenta lo que le han hecho al objeto amado.
Y es que, ¿cómo no dejarse contagiar por la emoción que transmite todo el entorno mundialista? Es difícil explicar por qué, a pesar de todos sus defectos, seguimos emocionándonos cuando un niño improvisa un arco de fútbol con dos piedras en la calle. Aún más difícil, dar cuenta de la ilusión que encierra la mirada de los niños que se proyectan como profesionales. Tampoco se puede explicar lo que evoca un estadio entero cuando contiene la respiración antes de un penalti decisivo. O cuando al unísono cantan un himno que hace retumbar las graderías. La conmoción que encierra este deporte hace que, por encima de las críticas que lo permean, siga siendo un contenedor de emociones.
El escritor mexicano Juan Villoro —otro enamorado del fútbol— ha definido este deporte como una extraordinaria fábrica de relatos, pues allí, más allá de los 22 jugadores que persiguen un balón, lo que se genera es memoria. La identidad, el barrio, la familia y la conversación son lo que se devela en el campo de juego. Cada partido y cada aficionado que se deleita con el juego lleva consigo una biografía hecha de goles recordados, jugadas extraordinarias, derrotas insoportables y victorias milagrosas. Un encuentro dura 90 minutos, pero las historias permanecen por años.
Por eso el fútbol produce una paradoja fascinante: su estructura económica responde muchas veces a la lógica más despiadada del capitalismo contemporáneo, mientras que su experiencia emocional continúa siendo profundamente humana.
Ninguna campaña publicitaria puede fabricar el abrazo espontáneo entre dos desconocidos después de un gol. Ningún patrocinador compra las lágrimas de quien ve campeón por primera vez a su selección. Ninguna federación diseña la alegría de un padre que lleva a sus hijos al estadio o de unos amigos que convierten un partido cualquiera en un recuerdo compartido para toda la vida. Eso pertenece a la gente, no a la industria.
Es fácil señalar las falencias de este juego y más en este mes donde se triplican los encuentros entre las selecciones deportivas durante el día. Es fácil adoptar una postura crítica desde el desdén y la desestimación con aires de superioridad intelectual. Es fácil dejarse contagiar el gusto por el juego a raíz de los «tejemanejes» que hay detrás de él. Pero así como no se renuncia a la literatura por los comentarios, ni por las ventas; así como no dejamos de escuchar la música que nos gusta a pesar de la industria que hay detrás de sí; así como seguimos disfrutando del teatro a pesar de la fama taquillera que viene perdiendo con el tiempo, el fútbol sigue brindando muchas alegrías. Y gracias a que conocemos sus sombras es que podemos valorar su luz.
Por eso, en tiempos donde casi todo parece reducirse al cálculo y la utilidad, una pelota todavía conserva el extraño poder de recordarnos que no todo lo valioso puede medirse en dinero.
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