Por Simón Vargas.
“Lo que persigo, aunque tal vez no la alcance, es una soberanía; como el Sol”.
El ritmo de vida cotidiano, el aturdimiento permanente en los lugares que habitamos y las compras compulsivas de cosas que no necesitamos, hacen que hoy en día caminar despacio, guardar silencio y gastarse los zapatos parezcan una extravagancia, verdaderos actos revolucionarios.
En el marco de la sociedad de consumo, lo que nos define como humanos cada vez parece menos importante. Se nos eleva a la categoría de objetos, mercancías fácilmente amoldables y manipulables. El minimalismo como filosofía vital, en una de sus máximas fundamentales, propone: “amar a las personas y usar las cosas”, oponiéndose radicalmente a la deriva inevitable de las dinámicas posmodernas de entretenimiento y consumo: “usar a las personas y amar las cosas”. Sin embargo, aquellos quienes predican y aplican un modo austero y compasivo de habitar el mundo son vistos con sospecha, terminan siendo condenados de una u otra forma al ostracismo.
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Culturalmente, dada la velocidad de los acontecimientos y la servidumbre voluntaria de los individuos por las tendencias del medio (noticias, objetos, gadgets tecnológicos, artistas e influencers, aplicaciones digitales y más), se suele perder de vista lo realmente importante. Deslizar el dedo hacia arriba en las redes sociales y entretenernos con la última novedad del mercado, parece más significativo y goza de mayor prestigio que focalizar la atención y conversar. Conversar cara a cara como escenario primario de socialización ha perdido adeptos y se percibe en desuso. Quizá inconscientes, alienados por un falso estatus que sostener o una identidad postiza que autoafirmar, no captamos que hoy en día el verdadero capital es el tiempo y el conocimiento. Como dijera alguna vez el sociólogo y crítico cultural estadounidense Neil Postman: “La cultura se está transformado en un vasto campo del espectáculo. Las personas ya no se hablan, se entretienen, no intercambian ideas, sino imágenes, y no debaten propuestas, sino rostros de celebridades y publicidad”. El silencio previo como posibilidad de aparición ha sido erradicado de la escena pública, debilitando cada vez más la reflexión crítica y el entramado de las relaciones propiamente humanas.
En este contexto, el minimalismo se erige como una alternativa práctica a la tiranía del consumo y la sociedad del espectáculo. Nos invita a relacionarnos adecuadamente con las cosas por su valor de uso, a gastar menos y vivir con lo necesario. Consumir menos y optimizar el tiempo es uno de sus axiomas fundamentales. A través del minimalismo como filosofía de vida podemos volver a lo básico, a lo simple, tal vez a lo analógico, que comulgaba armónicamente con el tiempo, con la lentitud y la espera.
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