Por Natalia Montoya Cardona.
Bajo el peso de su propio color,
dos fucsias se inclinan como cuerpos que saben
el lenguaje secreto de la caída.
Modulan, vacilan, circundan;
la cercanía es acaso un presagio.
Son dos, juntas, en la breve eternidad del tallo,
meciéndose en un pacto de rosa y sombra,
como manos que guardan un secreto.
¿Es la piel la raíz?
Y apenas se rozan entrelazadas en el viento,
mientras el mundo se pierde en su equilibrio.
Se abrazan, pero no se entregan
y las palabras se consagran
en un silencio dulce que no se nombra,
como un murmullo de alas en la tarde,
a orillas de un vuelo pausado.
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Nada nuevo bajo el cielo raso
«El nadaísmo nos enseñó que la honestidad duele, pero que la mentira duele mucho más. Nos enseñó que en economía y política nada es sagrado, por más subversivo que esto pueda parecer».
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De las flores pisoteadas que vuelven a crecer: reflexiones no pedidas de un chico que se graduó
«No busco la felicidad con pasos firmes ni con mapas perfectos. La busco tambaleándome, a veces retrocediendo, pero con la certeza de que hay un lugar al que pertenezco y que eventualmente llegaré».
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Pensar la soledad
«Pero no toda soledad piensa, ni todo apartarse escucha. A veces, lo que llamamos soledad es un ruido constante que impide advertir cuán lejos estamos de todo, incluso de nosotros mismos».


