Con la cercanía del cónclave del próximo 7 de mayo, en el que se elegirá al sucesor del papa Francisco, vuelve a estar en primer plano una tradición clave en la Iglesia católica: el cambio de nombre que asume el nuevo pontífice al aceptar el cargo.
Este acto simbólico tiene sus raíces en el siglo VI, cuando el papa Juan II decidió no conservar su nombre original, Mercurio, por considerarlo inapropiado dada su connotación pagana. Desde entonces, casi todos los pontífices han elegido un nuevo nombre al momento de ser proclamados.
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La elección del nombre no es un simple formalismo. Representa un cambio de identidad y propósito espiritual. En el momento en que el cardenal acepta el pontificado, se le formula la pregunta en latín: Quomodo vis vocari? (“¿Cómo quiere que lo llamen?”). La respuesta marca el inicio de su misión como líder de la Iglesia católica.
Los nombres suelen ser escogidos por razones personales, históricas y religiosas. Algunos papas rinden homenaje a santos, otros a antecesores que admiran o cuyo legado desean continuar. Jorge Mario Bergoglio, por ejemplo, eligió llamarse Francisco en honor a San Francisco de Asís, como símbolo de humildad y cercanía con los pobres.
Además, desde un punto de vista teológico, en las lecturas de la Biblia, Dios modifica el nombre de las personas a raíz de un cambio de propósito, dirección o significado de su vida, como fue el caso de Saulo al ser llamado Pablo, y Simón, al que el mismo Jesús le puso Pedro al llamarlo Cefas.
A lo largo de la historia, solo dos papas han conservado su nombre de pila después de ser elegidos sumos pontífices: Adriano VI y Marcelo II, aunque antes de Juan II todos los papas conservaban su nombre de nacimiento, siendo 55. En contraste, algunos nombres se han repetido con frecuencia, como Juan (23), Gregorio y Benedicto (16 veces), Clemente (14), Inocencio y León (13), y Pío (12).
El nuevo pontífice, que será elegido en los próximos días en la Capilla Sixtina, también adoptará un nuevo nombre que marcará el tono y la dirección de su papado.
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