Taza y Texto

Un cuento (cada cinco): La noche del ¡pum!

2026-04-04
Imagen de Un cuento (cada cinco): La noche del ¡pum!

Por Cristian Aristizábal.

—¡Uh! —agitado y profundo.

Ese fue el quejido con el que se despertó luego de haber sentido un estruendo a lo lejos.

Había logrado conciliar el sueño como raras veces lo hacía. A pesar de que su esposo aún no llegaba, se dejó vencer por el cansancio. Ese que es digno de una mujer que ha dedicado su vida a las tareas del hogar: madrugar, cocinar, asear…

Las noches se tornaban angustiantes hace unos meses. Pues las noticias sobre ataques, secuestros y muertes eran las que protagonizaban las charlas con «tintico» en todo el pueblo. Eran unos uniformados los que andaban por ahí. Muy sonrientes a la luz del día, pero aterradores al caer la noche. Eran los mismos que ocasionaban los ruidos aturdidores que le espantaron el sueño.

Esa noche fue distinto. Su marido aún no llegaba. Noches anteriores también se había despertado por el ruido de esos estallidos pero seguía durmiendo con tranquilidad porque tenía cerca el cuerpo de su esposo. Eran los mismos disparos de siempre pero como pasa con cada catástrofe, el ánimo no se altera si uno no está directamente implicado. Por eso, esa noche se alteró. Era su esposo el que no estaba. Era ella la directamente implicada.

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Y pasó lo temible. Los ruidos que la despertaron a lo lejos empezaron a acercarse hasta que ahí, al frente de su casa, sonó un «¡pum!» seco, aturdidor e invasivo. Era como si hubiera sonado adentro de su habitación. Luego, un golpe en la puerta. Uno solo. Como el de un cuerpo. Como el de un cuerpo que cae. Como si el «¡pum!» hubiera provocado la caída de ese cuerpo.

Entonces la venció el llanto. Incapaz de salir a mirar, se quedó acurrucada en la sala de su casa, aferrada a la camándula que la había acompañado desde niña. Se encomendó al rezo y al deseo de que esa noche terminara. Deseaba que alguien viniera a rescatarla de la soledad. Aunque presentía que esa iba a ser la única compañía por el resto de su vida después de los ruidos nocturnos que no le permitían encontrar tranquilidad.

Pensaba en su esposo y trataba de recordar la imagen lúcida con la que se había despedido esa mañana cuando salió a trabajar. Anhelaba volver a mirarlo a los ojos y abrazarlo. Pero no podía salir del resguardo de su casa. Afuera seguían los disparos y no sabía qué se iba a encontrar ahí, en la puerta de su casa.

Fueron horas de llanto y rezo, invadida por la tristeza y aferrada a la esperanza que le daban la Virgen María y el Divino Niño. Hasta que, entredormida y con la mirada borrosa de tantas lágrimas, vio la silueta de un hombre entrando por la puerta que le dijo:

—Casi no llego, amor. Entre tanto tiro, tuve que venirme casi arrastrado. Y aquí nos quedamos quién sabe hasta cuándo, porque ahí abajo hay un muerto que nos manchó la puerta.

  • Un cuento (cada cinco): La noche del ¡pum!

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    «Eran los mismos disparos de siempre, pero como pasa con cada catástrofe, el ánimo no se altera si uno no está directamente implicado. Por eso, esa noche se alteró. Era su esposo el que no estaba. Era ella la directamente implicada».

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    «Tal vez, si le diéramos más protagonismo a la memoria, las decisiones personales, sociales y políticas serían más acertadas».

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    ¡Atención!

    «Dejar de lado el pensamiento es quitarnos el privilegio de ser humanos para convertirnos en máquinas, y en ese estado, solo somos retenedores de información que, a la larga, se torna inservible».

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